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Las auténticas posibilidades de vida en el planeta Próxima b


Vídeo: ¿Un planeta habitable? - ESO/M. Kornmesser

Astrobiólogos llegan a conclusiones bastante desalentadoras, pero no definitivas, respecto al nuevo mundo hallado alrededor de la estrella más cercana

Aunque hace apenas unas semanas que se anunció su descubrimiento, ha pasado ya más de un año en Próxima b, el planeta rocoso y potencialmente habitable que orbita la estrella más cercana al Sol, Próxima Centauri, a solo 4,2 años luz de distancia. Y en este corto espacio de tiempo, un grupo de astrobiólogos ha empezado ya a devanarse los sesos para averiguar, con los datos disponibles en la mano, qué clase de vida podría albergar este mundo tan parecido al nuestro. Con resultados, por cierto, que por ahora no son demasiado alentadores. El trabajo acaba de publicarse, en forma de dos artículos, en arXiv.org.

Los investigadores han considerado un amplio rango de escenarios para el planeta. Y en la mayor parte de ellos Próxima b resulta del todo inhabitable, aunque los científicos admiten un cierto margen de posibilidades que sí serían compatibles con la vida. En otras palabras, la vida en Próxima b es una posibilidad remota, pero no imposible.

En las dos últimas semanas, este mundo tan cercano a nosotros ha acaparado centenares de titulares de prensa debido a su masa, tan similar a la de la Tierra (1,3 veces), y especialmente al hecho de que se encuentra a la distancia exacta de su estrella, ni demasiado cerca ni demasiado lejos, para que su temperatura, ni demasiado caliente ni demasiado fría, permita la existencia de agua líquida en su superficie.

Sin embargo, los investigadores recuerdan en su estudio que existen muchos otros factores, además del tamaño y la distancia a su estrella, que resultan determinantes a la hora de ser un buen candidato para albergar vida.

El estudio, llevado a cabo por Rory Barnes y su equipo del Instituto de Astrobiología de la NASA, considera diferentes posibilidades y valores para los datos que aún no conocemos de Próxima b, como la variabilidad del brillo de su estrella madre o la composición de su atmósfera, si es que la tiene. De modo que los científicos fueron modificando esas variables y simularon qué clase de mundo resultaba en cada combinación.

En los dos artículos de arXiv.org, los astrobiólogos explican que una de las mayores cuestiones que marcan la posible habitabilidad de Próxima b es el hecho de que su estrella, Próxima Centauri, es una enana roja, lo cual implica que a pesar de que se trata de un astro mucho menos brillante y caliente que el Sol, su brillo puede ser muy variable y cambiante. Por ejemplo, su producción de energía, tras una observación de varios meses, ha descendido hasta un 17%, Una barbaridad si se compara con la variabilidad del brillo de nuestro Sol, de apenas el 0,1%, pero aún así suficiente para causar en la Tierra una o dos edades de hielo cada cien mil años.

Además, las enanas rojas también son conocidas por su capacidad de producir "mega llamaradas", hasta 10.000 veces más poderosas de las mayores de nuestro Sol. Y cuando nuestra estrella lanza una llamarada sobre nosotros, todo un torrente de partículas cargadas puede provocar apagones generalizados y espectaculares auroras. La mega llamadara de una enana roja, mucho más potente, podría, por ejemplo, barrer de un solo golpe toda la atmósfera de un planeta si éste no dispone de un campo magnético lo suficientemente fuerte como para desviar el ataque.

Ni amaneceres ni atardeceres
Otra cuestión clave es el modo en que la cercanía de Próxima b a su estrella puede haber afectado a su evolución. De hecho, los escasos siete millones de km. que separan al planeta de la estrella (mucho más cerca, incluso, de lo que Mercurio está del Sol) podrían haber hecho que Próxima b esté "anclado" gravitatoriamente a ella, haciendo que siempre le muestre la misma cara, igual que la Luna hace con la Tierra. Si fuera así, en Próxima b no habría ni amaneceres ni atardeceres. Desde su superficie (en la cara que mira hacia su sol) veríamos contínuamente el gran disco rojizo de la estrella madre, que estaría siempre fijo en el cielo.

Ya en la década de los 90 los astrónomos hallaron que los planetas que siempre muestran la misma cara a sus estrellas pierden inevitablemente sus atmósferas, cuyos gases se congelan en su lado frío. Sin embargo, otros estudios posteriores discrepan de este punto, ya que los fuertes vientos superficiales podrían llevar, en determinadas condiciones, calor a la "parte trasera" del planeta. Una posibilidad crucial en el caso que nos ocupa.

En su estudio, Barnes y sus colegas consideran estos aspectos, junto a muchos otros, para tratar de averiguar cuáles son realmente las condiciones que reinan en Próxima b en la actualidad. Y la conclusión es que, a pesar de sus aparentes similitudes con la Tierra, Próxima b podría ser un mundo completamente distinto al nuestro, hirviendo en una de sus caras y congelado en la otra, como Mercurio, o quizá envuelto en una atmósfera tórrida, como Venus, o incluso ser un planeta templado y seco, como lo es Marte.

Agua y oxígeno no son suficientes
Existe también otra posibilidad, en la que el planeta contiene tanto agua como oxígeno, y aún así sigue siendo inhabitable, dado que un exceso de oxígeno podría obstaculizar, en vez de favorecer, la formación de biomoléculas complejas. Lo cual significa que, en las condiciones de Próxima b, ni siquiera la futura detección de agua y oxígeno serían garantías suficientes de la existencia de vida. Más fiable sería la detección de metano, un gas producido por los organismos vivientes.

Sin embargo, y entre los múltiples y descorazonadores escenarios posibles para Próxima b, los investigadores admiten un puñado de ellos en los que este esperanzador mundo podría haber evolucionado de una forma similar a la de la Tierra. Aunque para que sea así, el planeta debería de haber partido de unas condiciones iniciales muy concretas, con una enorme cantidad de agua disponible y una atmósfera muy rica en hidrógeno desde el principio. Cosa que, por desgracia, no sabremos a ciencia cierta hasta que la nueva generación de instrumentos, especialmente el nuevo telescopio espacial James Webb, sea puesto en órbita en 2018.

Mientras, el descubrimiento de Próxima b ha dado un gran impulso al Proyecto Starshot, que planea utilizar rayos láser para impulsar un enjambre de micro naves (del tamaño de granos de arroz) hasta un 20% de la velocidad de la luz. En suorigen, el proyecto contemplaba enviar las micro naves a Alfa Centauri, pero sus objetivos se han redefinido para que puedan dirigirse a Próxima b.

FUENTE: ABC.ES

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