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El CASO JULIO PLATNER

Cada tanto alguna crónica periodística refiere a algún contacto entre presuntos seres extraterrestres y personas comunes. El suceso que le ocurrió al winifredense Julio Platner es un caso emblemático.
Maior Vega - La luminosidad potente invadió el sitio sin dejar ver otra cosa. Era esa sensación de que algo poderoso iluminaba el escenario que hasta recién nomás, era una cerrada y apacible noche de agosto de 1983. El hombre, el protagonista de aquella escena fenomenal está ahora sentado frente a mí. El pelo casi blanco, el rostro sereno, la actitud sosegada... la mirada calmosa. Julio Platner tiene hoy 60 años, y 33 cuando le ocurrió lo que le ocurrió y que, sin embargo, no iba a cambiar demasiado el transcurso de su vida.
Debo confesar que, quizás influido por los relatos fantásticos de Julio Verne, pasando después por aquella serie "Viaje a las Estrellas", o más acá "La Guerra de las Galaxias", las cosas que tienen que ver con lo galáctico me atrapan. Porque creo en el fenómeno ovni, y tanto que se ha hablado sobre la existencia de vida extraterrestre.
Si me parece estar escuchando, fascinado, el relato de algún amigo de mis padres contando alguna experiencia, y también -con alguna decepción- confieso, he recibido la información de que algunos testimonios y evidencias sobre el tema no son más que cuestiones trucadas, o algún otro tipo de fenómeno que tiene que ver más con la naturaleza "terrestre" que con la ciencia ficción.

Los Seres.
En aquellos tiempos, no sé por qué, cuando se hablaba de extraterráqueos nos referíamos a ellos diciendo los "marcianos". ¿Por qué los marcianos?, me pregunto ahora.
Aquella noche de 1983, más precisamente el 9 de agosto, quedó registrado en la de muchos que conocimos la historia como un hito. A la pasada quiero decir que si bien creo en el fenómeno ovni, soy particularmente desconfiado con los "ufólogos" porque entiendo que a veces su fanatismo les hace 'ver' y creer lo que no ven.
"Quique" Mario, seguro el que más tiempo le dedica al tema en nuestra ciudad, me orientó cómo llegar a Julio Platner, aunque en realidad no resulta difícil porque sigue viviendo en la misma casa de su Winifreda natal de cuando ocurrió aquel episodio.
Casado con María Eva Schreiber, padre de Ariel, Miguel y Diego, y abuelo de Fiama (14), Felipe (5), Camila (9) y Martín (1), la familia de Julio espera la llegada de su quinto nieto.
"¿Si fui un elegido? No sé, no sé por qué... aunque pensándolo bien, ese día yo no tenía que ir al campo de los Fischer -ubicado a 15 kilómetros de Winifreda, en cercanías de Villa Mirasol-, sobre la ruta 35. Tenía que ir un compañero de la cerealera en que trabajábamos y cambiamos... Eran más o menos las 8 de la noche, y me estaba volviendo del campo: agarré el camino que tenía dos tranqueras hasta la ruta y abrí la primera... El dueño me había pedido que las cerrara para que no se escaparan los animales... cuando llegué a la segunda tranquera que da a la calle, saqué la cadena y una luz blanca me encegueció. No podía ver más que esa luz, como la de una autógena, que lo rodeaba todo, y allí no sé más", me cuenta ahora sentado a la mesa del comedor de su casa.

"No me importa si me creen".
Refiere un episodio que reprodujo por miles desde entonces, y que le tocará contar 2 ó 3 veces por semana habitualmente. No se altera, casi no se inmuta y parece tener incorporado ese diligencia -eso sí- como algo que se incorporó a su vida para siempre. "No tengo problemas cada vez que alguien quiere escuchar... y tampoco me importa si me creen o no me creen. Yo tampoco creía... pensaba que 'algo' podía haber, pero siempre decía que hasta que no lo viera. Y fijate vos", sonríe con esa indulgencia que parece ser una característica de su personalidad.
¿Y entonces? "Bueno, de pronto me ví en medio de una habitación esférica, sentado como si estuviera en el sillón de un odontólogo y cuatro personas, cuatro seres, no se cómo decirte, que me rodeaban. Podría decir que eran tres eran 'varones' y una 'mujer'. No me asusté para nada, había una gran paz en el lugar así que estaba tranquilo. Quise hablarles, preguntarles quiénes eran, que querían, pero me di cuenta que cuando pensé en hacerlo me contestaban telepáticamente. Me decían algo así como que estuviera tranquilo, que esto que hacían ahora pasaba muchas veces en el mundo. La 'mujer' se acercó y me puso como si fuera una moneda aquí -señala su muñeca izquierda-, y después con el mismo elemento y un tubo aquí en la vena del antrebrazo (a la altura del codo) me sacaron sangre. La 'mujer' puso un dedo -tenían una mano normal, de cinco dedos- arriba del tubo y vi que la sangre subía sin hacer ningún esfuerzo", precisa.

Las marcas.
Muestra su muñeca y se ve claramente una marca que se ahonda a medida que se frota la zona, y también la huella que le quedó en el antebrazo. Miro mi propio brazo y me doy cuenta que no tengo ninguna marca de las varias veces que me sacaron sangre. "Después los médicos me dirían que de la muñeca me sacaron una célula, y sangre del antebrazo", explica Julio.
"¿Qué más me acuerdo? Todo, todo me acuerdo. Yo iba con una campera, una camisa y un pulover, y cuando estaba sentado en el sillón no tenía la campera, y después me di cuenta que tampoco el reloj... En un momento dado, de curioso, los quise tocar con mi mano derecha, pero me di cuenta que había como una pared, supongo que un panel magnético o algo así que me lo impedía. Lo mismo me había pasado antes cuando me había querido parar. Había una gran luminosidad que venía de todos lados, incluso desde el piso... Me trataron muy bien, si hasta en un momento tuve ganas de preguntarles cuánto les debo", se ríe el protagonista.
"En un momento no los vi más. Me acuerdo de 4 ó 5 minutos, pero después sacando cuentas me di cuenta que habrían sido unos 20 ó 25, porque a las 9 y media de la noche estaba de vuelta en mi casa. En ese instante cuando no los ví me quise parar, quise caminar, pero me di cuenta que estaba como en el aire, y ahí sí, no me acuerdo de más nada. Después me vi en la camioneta -una Fiat 125-, y enseguida me orienté dónde estaba, así que di la vuelta y pasé por el campo de donde me habían llevado. Cerré la tranquera que había quedado abierta, ahí me dí cuenta que tenía sangre en la camisa, y me volví a mi casa". Le pregunto a Julio: ¿Creés que te llevaron con camioneta y todo? "Sí, porque las huellas que se buscaron después indican que llegué hasta la tranquera y nada más", dice absolutamente convencido.
¿Y luego? "Llegué al comercio donde trabajaba, pero todos se habían ido, así que volví a casa. Los chicos se acostaron... me acuerdo que el menor tenía nada más que un año, y mi señora me preguntó qué pasaba, que me veía raro. Ahí le conté. ¿Si me creyó? Sí, porque no tenía por qué mentirle, y le mostré los 'pinchazos', que en realidad no eran pinchazos...".

La fama circunstancial.
"Al otro día fui al doctor Pizarro, que se extrañó por todo y me dijo que tenía que denunciarlo a la policía. Ahí empezó todo... la gente empezó a venir de todos lados, salió en los diarios, empezaron a llamarme de los canales de televisión de Buenos Aires, y todo el día así. Hasta que un día era tal el barullo, incluso hasta las 12 de la noche, de gente que venía porque quería escuchar, que tuve que decir basta. Pero nada más que eso", describe los días posteriores y su fama que sobrelleva sin complicaciones. "¿Famoso? No, para nada. Mi vida no cambió para nada, seguí trabajando, haciendo lo mío". Y le aclara a Luis Barabaschi, nuestro corresponsal en Winifreda, que su ascenso en el trabajo no lo atribuye a "aquello" que llamó la atención de todos. "Como todos uno quiere progresar, y posterior a aquello pasé de empleado a dueño, pero nada que ver". Luis, como yo, también se conmueve con el relato, y recuerda cuando su maestra de la primaria los reunió frente a un televisor para ver "Cordialmente", popular programa televisivo de la época conducido por Juan Carlos Mareco.
Mañana, precisamente, se van a cumplir 27 años de esta historia. A Julio Platner no le importa, pero su relato me parece verosímil, e incluso su forma de contarlo, sin excitaciones, se me antoja un elemento más para entender que lo que dice realmente le sucedió. A él no le importa. En la puerta de su casa me despide: "hasta cuando quieras". Y la única reflexión que se me ocurre es: qué pedazo de historia tenés para contarle a los nietos, Julio.

"Ellos nos vigilan".
Cada tanto, ante cada "aparición", o alguna referencia de hechos fantásticos, en algún viaje nocturno me encontré tratando de ver algo en el firmamento. Nunca ví nada. Sí escuché relatos, de amigos, de compañeros de trabajo que alguna vez vieron. Pero en la Redacción las opiniones están divididas entre los que creen y los que no. Nestor cuenta que "cuando era chiquito vi un ovni en la playa. Le conté a los mayores, pero nadie me creyó". Martín recuerda que viajando con Hugo Arias desde el sur, vieron una luz que venía, y de pronto la nada. Se miraron y se preguntaron: "¿Lo viste? Sí", se contestaron al unísono. Platner, obviamente, tiene que responder cada vez una catarata de preguntas. "¿Sí voy mirando cuando viajo?, ¿Si espero que vuelvan? No, para nada. Cuando ando en la ruta no me distraigo mirando el cielo. ¿Sabés? Pienso que hay civilizaciones mucho más adelantadas, y que de alguna manera nos vigilan, nos miran, nos estudian, y que si se tiene que dar, como me pasó a mí, un día cualquiera aparecen. Pero no los estoy esperando", se sonríe porque sabe que me sorprende. Su vida -salvo esa "fama" que de algún modo niega- no cambió nada. "En alguna caminera cuando ven mi documento preguntan si soy el del ovni, pero nada más", cuenta, aunque estudiosos del tema vuelven a pedir su testimonio cada tanto. Él sigue tranquilo, trabajando, yendo al fútbol a ver al Deportivo Winifreda, o incluso llegando a Santa Rosa para algún otro clásico, siguiendo a Ríver, o jugando algún truco o un mus en el boliche que está cerca de su casa. Casi como si nunca le hubiera pasado lo que le pasó. Créase o no.

Personas "normales".
Julio Platner señala que "eran 'personas normales', de una altura media, de 1 metro 65, ó 1,70, pero no mucho más. Tenían como un traje tipo buzo, ajustado, color azulado, o verdoso, medio extraño, orejas, boca muy fina y no tenían pelo. No se si porque tenían alguna vestimenta o qué". Enseguida dice que "lo único que me llamó un poco la atención fueron sus ojos, muy grandes y que parecían sobresalir de la cara, sin pestañas y sin cejas, como que un reborde. Después nada más, cuerpos normales, sus manos con cinco dedos, igual que nosotros. No, no ví si tenían ojos celestes o qué color", vuelve a reírse.



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